El enemigo duerme en casa: planificando fallar

¿Por qué nos autosaboteamos? Qué paradójico resulta que a veces seamos los autores de nuestro propio sufrimiento. Pero el autosabotaje es algo muy humano. Es un mecanismos inconsciente de defensa, una estrategia que tiene la mente para protegernos del fracaso, del rechazo, del malestar emocional, y, aunque no te lo creas, del éxito.

A veces la idea de fracasar nos da mucho miedo, así que preferimos no intentarlo para que, si no lo conseguimos, pensemos que ha sido por decisión propia. También puede deberse a que en nuestro interior creemos que no merecemos que nos pasen cosas buenas, tal vez por un sentimiento de culpa. Y boicoteamos las oportunidades que tenemos de que nos suceda algo bueno, para evitar que la culpa vuelva a aparecer. Y como esta creencia limitante tenemos más, como sentir que no somos suficientes, o que somos inútiles y estropeamos lo que conseguimos. Estos pensamientos influyen en nuestro comportamiento y aquello que queremos evitar acabamos provocándolo nosotros mismos —profecía autocumplida—. Y con más razón si hemos intentado algo en el pasado y no ha funcionado o nos han juzgado por ello.

Otro motivo del autosabotaje es el miedo al cambio. “Más vale lo malo conocido…” dice el refrán. Lo desconocido es incertidumbre, y lo conocido, aunque sea malo, sabemos manejarlo. El cerebro evita lo desconocido, por supervivencia. Su trabajo es protegernos, no hacernos felices.

El autosabotaje puede estar disfrazado de perfeccionismo. Esperar al momento perfecto, a tener un plan que contemple todas las opciones y que esté cuadrado al milímetro, a tener toda la información, etc. La procrastinación es autosabotaje encubierto, evitando llegar a un límite o no estar a la altura.

Y por último, el miedo al éxito. Tener éxito supone asumir nuevas responsabilidades, tener unas expectativas y afrontar el juicio ajeno.

¿Y qué podemos hacer si es algo que ocurre fuera de la conciencia? Exacto, hacerlo consciente. Darse cuenta de nuestros patrones de conducta, cuestionar nuestras creencias limitantes, explorar nuestro miedo al cambio, nuestro significado acerca del éxito y del fracaso. Y en este proceso no puede faltar la autocompasión. Hablarnos bien, comprendernos y darnos ánimos. 

Pero lo importante de todo esto no es las veces que uno se autosabotee, sino las veces que somos capaces de encontrar de nuevo el camino. Así que, sabiendo que todos los caminos llevan a Roma, puedo decir que no sé si algún día llegaré a Roma, pero sé que hay un montón de caminos, y uno será el mío. Mi único deseo es que mi ruta sea larga, divertida, y con mis personas favoritas a mi lado.

Hablemos de ansiedad y del síndrome FOMO

Lejos de darte una clase magistral acerca de qué es la ansiedad, ejes de respuesta, consecuencias y todo eso, te voy a contar algo que tal vez no te guste.

La ansiedad es muchas cosas, pero sobre todo es una gran aliada. Eso no quiere decir que nos tenga que gustar o que nos resulte fácil convivir con ella.

Cuando sentimos ansiedad, enseguida corremos a hacer cosas para taparla, como se hace con los parches en los rotos del pantalón. ¿Qué tipo de cosas hacemos? Mil y una. Desde atiborrarnos a ansiolíticos hasta llenarnos la agenda con el objetivo de mantenernos ocupados/as para no pensar ni sentir. También es poner un parche, beber, fumar, comer, comprar… Pero, ¿y si te digo que aquí hay un potencial que desplegar? 

Para explicarme mejor voy a hablarte del síndrome FOMO (fear of missing out). ¿Alguna vez has sentido que, no importa donde estés, no acabas de sentirte a gusto? Como que siempre quieres estar en otro sitio. El síndrome FOMO se refiere al miedo a estar perdiéndote algo, y te lleva a compararte con la vida de los demás. ¿La consecuencia? Los demás viven mejor, son más felices, hacen más cosas y sienten más satisfacción que yo. Eso es lo que nos lleva a pensar este síndrome.

Estarás de acuerdo conmigo en que esto genera mucha ansiedad, porque claro, a ver si me voy a estar equivocando de vida, a ver si en vez de esto debería elegir lo otro, a ver si estoy perdiendo el tiempo con esto, y a mi edad… ¿Qué mal no? Apesta a insatisfacción. Y es que encima tiene una cara B, que es el bloqueo a la hora de tomar decisiones, no vaya a ser que me equivoque y me arrepienta, y me esté perdiendo algo…

He aquí un apunte: no todo es culpa nuestra. Es nuestra responsabilidad no entrenar el músculo de la toma de decisiones — spoiler: tiene solución, y es relativamente fácil salir del atascamiento—. Pero, tal y como está planteado el mundo, me atrevería a decir que un alto porcentaje de la población ha caído en esto de sentir angustia por no saber para dónde tirar y encima no encontrar satisfacción estando como está.

El mundo cambia a una velocidad que a veces da vértigo. La realidad nos atropella. Cuando aprendes algo y lo compartes, de repente hay alguien que te dice que eso ya no es así, y lo que has comprado hace dos meses está obsoleto, y lo que hace un año era sanísimo ahora es tóxico y aumenta el riesgo de cáncer… No me extraña que tengamos esa sensación de que si voy por aquí me estoy equivocando y además me estoy perdiendo cantidad de opciones… El resumen es que hay que correr y coger lo que puedas por el camino, pero rápido porque eso se va y no vuelve. Pero es que todavía hay más, porque para aliviar esa ansiedad y esa angustia, hacemos un montón de cosas, y eso también no estresa. !Toma! Hay tanto donde elegir, tantas opciones, tanta información, tantos estímulos, que todo nos resulta verdaderamente abrumador. Qué pequeños somos verdad? Estoy segura de que tú también crees que mucha, muchísima gente, se siente atrapada en este remolino o ha estado cerca alguna vez.

Tal vez la respuesta la encontremos en la siguiente premisa: no sabemos perder. No nos han enseñado a perder. Lógicamente, todo el mundo quiere ganar, pero no se puede ganar siempre y ganarlo todo, sin riesgos, sin pérdidas, sin una mínima inversión o sacrificio. Cada vez que tenemos que tomar una decisión nos atascamos en el proceso, porque buscamos un win-win, sin costes y con todo el beneficio. Estarás de acuerdo conmigo en que esto genera un gran sufrimiento. Y no solo eso, ya que puedes hacerte una idea de cuántas vidas se quedan como están por una incapacidad para decidir, por miedo a perder. 

Pero déjame decirte que cuando tengamos que tomar una decisión, y más si es importante, tendremos que sacrificar algo. Y no pasa nada, así está bien. Es mejor centrarse en lo que has ganado, y asumir que para conseguir eso hay que pagar un peaje, pero que merece la pena.

Una clave para salir del atascamiento es recordar quién eres, cuáles son tus necesidades, tus sueños — qué le pides a la vida —, tus objetivos, etc. ¿Acaso sabes cómo quieres que sea tu vida? ¿Cómo te ves dentro de 10 años? Un error muy común —y aquí otra vez nos viene la ansiedad— es que tenemos muchos planes y proyectos, y los queremos hacer todos a la vez. Para esto, prioriza, haz un plan a medio-largo plazo que contemple todo, pero no a la vez. Y si a medida que avanzas, cambias de planes, tampoco pasa nada. El plan de vida se va haciendo y deshaciendo sobre la marcha, pero ganas mucho si asientas las bases.

Esto que te propongo no es más que un intento de poner tu vida en equilibrio, de poner lo importante en el centro y después añadir lo demás.

Con este post quiero que pienses en qué cosas son las que te hacen balancear, las que te sacuden y te mueven de tu centro, las que te angustian y te llevan a comportamientos reparadores, como comprar, discutir, comer de manera impulsiva, no dormir… No busques tapar ni poner un parche.  Mira de frente, asume y soluciona. Los síntomas que tienes, tu angustia, tus agobios, no son rotos a remendar. Todo eso nos habla a veces alto y claro, nos dan pistas de lo que está fallando en nuestra vida, y por tanto tenemos una oportunidad para desarrollar nuestro potencial.

Planifica y vencerás

Aquí estoy de nuevo, tal y como te prometí. Gracias por seguir ahí. Si has seguido leyendo mi blog es porque también quieres crear nuevos hábitos o retomar alguno que habías dejado. O simplemente te interese aprender o leer sobre estos temas, que como ya te he dicho son muy comunes.

Te decía que implementar hábitos no es tarea fácil. De hecho, se tardan aproximadamente 21 días en establecer bien un hábito.

Pero también te decía que hay estrategias, y que se pueden aprender maneras de hacer que esos hábitos lleguen a buen puerto.

Vamos a empezar por uno muy sencillo, y te va a quedar muy claro con este ejemplo. Mismo hábito pero planteado de dos maneras. 

Pongo en mi agenda, así en grande, OBJETIVO – HACER EJERCICIO. Bien, está bien.

Mi otro yo pone: Lunes – buscar un deporte o actividad física que me guste; Martes – buscar clases en mi municipio (o si es “salir a correr” por ejemplo pues puedo poner: buscar un camino que no dañe mis articulaciones y sin mucho desnivel); Miércoles – buscar ropa técnica, no muy cara al principio (invertir dinero puede aumentar tu grado de compromiso); Jueves – decidir qué días haré deporte y cuánto tiempo me va a llevar (aumento la planificación).

¿Ves por dónde voy? Cuando te sientes menos productivo, es mucho menos abrumador desintegrar la tarea en otras más pequeñas e ir tachando de la lista las que has cumplido. Si lees “hacer ejercicio” puede pasarte que no sabes por dónde empezar, qué ejercicio hacer, si llueve te da más pereza…Pero si planificas y haces las cosas paso por paso, es más probable que vayas acercándote a tu objetivo. Cuán pequeños son los pasos dependerá de cómo de productivo/a te sientas. Si te ves mejor puedes juntar varios pasos en un día, y si te ves menos pues desgranas los pasos en otros más pequeños.

Cuando son pasos muy pequeños y más fáciles de cumplir, verás que a lo largo de la semana vas tachando, y eso a su vez hace que te sientas mejor y que aumente tu autoestima, porque ves que te acercas a tu objetivo y ves que te organizas y que lo consigues.

Y este sistema de desgranar el objetivo grande en pasos más pequeños vale para todo, para cualquier objetivo.

¿Qué más puedes hacer para implementar hábitos? Pues dime cuál es la “excusa” por excelencia… La falta de tiempo.

El tiempo es el que es y tu día y el mío tienen 24 horas, 1440 minutos y 86.400 segundos. Ni más ni menos.

Así que, ya que no podemos comprar más, pues vamos a pensar en qué es aquello que nos lo roba. Los ladrones de tiempo.

¿Cuánto tiempo pasas mirando el móvil? Jugando, en redes sociales, o haciendo nada en particular. ¿Y viendo la TV?

¿Cuánto tiempo tardas en ducharte/prepararte por la mañana/desayunar/hacer compras/ir al trabajo…? ¿Puedes recortar tiempo de ahí para dárselo a otras cosas?

¿Hay cosas que haces tú pero que podrías delegar en otras personas?

¿Hay tareas que puedes juntar en un día porque supone ahorrar más tiempo? Por ejemplo dejar las compras y los recados para un día a la semana, y así te ahorras el ir y venir cada día.

Estos son algunos ejemplos, pero se trata de que te des cuenta en qué cosas se te va el tiempo y te lo quitan de hacer lo que a ti te gustaría. Piensa en la manera de optimizar. No hagas la compra todos los días, destina un momento del día para estar con el móvil, revisar redes sociales, comprobar correo, etc.

Incluso puedes hacer un horario y poner todas las cosas que haces cada día (levantarse, desayunar, ducha, trabajo, etc.), y si quieres ser más pro, puedes poner cuánto te lleva cada tarea, para ver más claro de cuánto tiempo dispones para el resto de cosas que quieres añadir a tu día, como hacer ejercicio/aprender un idioma/cocinar/bailar/leer…

Planifica y vencerás.

Esto no es una panacea. Aquí no hay polvo de hadas ni promesas acerca de una vida de luz y color. Aquí lo que hay son herramientas que te ayudan a planificarte mejor y acercarte a tus objetivos. Pero el resto lo pones tú. 

Yo te ayudo, pero tú caminas. No lo puedo hacer por ti. Y por tanto todo el mérito también será tuyo.

Tú pon las ideas, la actitud y la fuerza. De la psicología me ocupo yo. 

¿Nos vamos?

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar