Quien va demasiado deprisa, deja su alma atrás

Tiene uno prisa, la tiene siempre, metida en el organismo, donde se ha ido incubando como una enfermedad. […] Tanto es así que al tiempo de pensar se le suele llamar perder el tiempo, porque el ser humano se ha hecho esclavo de la prisa y siente como inerte y sin consistencia todo lo que no lleva su marca angustiosa” – Carmen Martín Gaite 

La naturaleza es lo opuesto a esta fiebre. 

Ella no corre, permanece. Es quietud, es calma. Y sin embargo está llena de vida. 

Ella no grita, respira. Y en su silencio hay un pulso constante, invisible y eterno. 

Es quietud que late, calma que se ordena. Es orden y estructura.

Su extensión es menor de la que debería, pues no se la deja espacio. Más aunque oprimida, siempre encuentra espacio para renacer.

La naturaleza no conquista: reconquista, con paciencia. Ella no corre, no tiene prisa.

Ella es fuerza y grandiosidad. Y desde su humildad, nos regala su belleza. Desde lo minúsculo hasta lo abismal, desde lo frágil hasta lo indestructible.

Calma, fuerza y paciencia. De esta sinergia sólo puede resultar algo eterno.

Voy a permitirme salir de lo poético para hablar seriamente, y voy a hacerlo, paradójicamente, robando una frase de un —para mí— poeta: “Él camina despacito que las prisas no son buenas”.

Y no, no lo son. ¿Sabes cómo afectan a tu sistema nervioso? 

Activan el sistema nervioso simpático, y el cuerpo entra en un estado de «lucha o huida» para responder a lo que percibe como una amenaza. 

Esto provoca la liberación de hormonas del estrés, como el cortisol y la adrenalina, acelerando el ritmo cardiaco y la respiración. 

A su vez, al encontrarnos en un estado de sobreestimulación interna constante, sufrimos ansiedad, irritabilidad y cansancio. Y probablemente dificultades para relajarnos, es decir, para activar nuestro sistema nervioso parasimpático.

Estos serían los efectos inmediatos, pero aquí no se acaba la historia.

A largo plazo, el estrés crónico puede afectar a varias funciones cerebrales, como la capacidad cognitiva, pérdida de memoria y capacidad atencional y de concentración.

También pueden aparecer problemas digestivos, ya que el sistema nervioso parasimpático —que se encarga de la digestión, se ve bloqueado por el estrés, y esto dificulta la digestión y causa malestar estomacal.

Continuamos para bingo. La función del sistema inmunitario se debilita. El estrés crónico puede alterar la respuesta inmunitaria, haciendo al cuerpo más vulnerable a infecciones y promoviendo la inflamación. 

Y por último, pero también importante, genera tensión muscular, llevando a dolores de cabeza muy comunes.

Ya sé que lo has oído miles de veces, que hay que aprender a gestionar el estrés, que hay que aprender a relajarse y disfrutar de la vida…Pero es que es serio el tema, y las consecuencias son igual de serias. Se me ha olvidado decirte que la longitud de los telómeros también disminuye, y esto se traduce en que envejeces peor y más rápido.

No estoy diciendo cosas al tun tun o para meter miedo, pero te animo a que intentes reducir aunque sea un poco el estrés. No hablo de que desaparezca, no es real ni adaptativo una vida sin estrés. Te hablo de cambiar el estrés crónico por el estrés puntual, ese que puede considerarse inevitable.

Si no sabes cómo, prueba a buscar bibliografía o a curiosear por internet. Y, cómo no, pide ayuda a un profesional si consideras que lo tuyo pasa de castaño oscuro y la situación es insostenible. 

Parece un imposible, pero un ligero cambio de actitud con una pizca de perspectiva pueden dibujar un escenario bien distinto.

Y pongo la guinda al pastel con un proverbio oriental: 

“La prisa mata, la calma construye”.

El enemigo duerme en casa: planificando fallar

¿Por qué nos autosaboteamos? Qué paradójico resulta que a veces seamos los autores de nuestro propio sufrimiento. Pero el autosabotaje es algo muy humano. Es un mecanismos inconsciente de defensa, una estrategia que tiene la mente para protegernos del fracaso, del rechazo, del malestar emocional, y, aunque no te lo creas, del éxito.

A veces la idea de fracasar nos da mucho miedo, así que preferimos no intentarlo para que, si no lo conseguimos, pensemos que ha sido por decisión propia. También puede deberse a que en nuestro interior creemos que no merecemos que nos pasen cosas buenas, tal vez por un sentimiento de culpa. Y boicoteamos las oportunidades que tenemos de que nos suceda algo bueno, para evitar que la culpa vuelva a aparecer. Y como esta creencia limitante tenemos más, como sentir que no somos suficientes, o que somos inútiles y estropeamos lo que conseguimos. Estos pensamientos influyen en nuestro comportamiento y aquello que queremos evitar acabamos provocándolo nosotros mismos —profecía autocumplida—. Y con más razón si hemos intentado algo en el pasado y no ha funcionado o nos han juzgado por ello.

Otro motivo del autosabotaje es el miedo al cambio. “Más vale lo malo conocido…” dice el refrán. Lo desconocido es incertidumbre, y lo conocido, aunque sea malo, sabemos manejarlo. El cerebro evita lo desconocido, por supervivencia. Su trabajo es protegernos, no hacernos felices.

El autosabotaje puede estar disfrazado de perfeccionismo. Esperar al momento perfecto, a tener un plan que contemple todas las opciones y que esté cuadrado al milímetro, a tener toda la información, etc. La procrastinación es autosabotaje encubierto, evitando llegar a un límite o no estar a la altura.

Y por último, el miedo al éxito. Tener éxito supone asumir nuevas responsabilidades, tener unas expectativas y afrontar el juicio ajeno.

¿Y qué podemos hacer si es algo que ocurre fuera de la conciencia? Exacto, hacerlo consciente. Darse cuenta de nuestros patrones de conducta, cuestionar nuestras creencias limitantes, explorar nuestro miedo al cambio, nuestro significado acerca del éxito y del fracaso. Y en este proceso no puede faltar la autocompasión. Hablarnos bien, comprendernos y darnos ánimos. 

Pero lo importante de todo esto no es las veces que uno se autosabotee, sino las veces que somos capaces de encontrar de nuevo el camino. Así que, sabiendo que todos los caminos llevan a Roma, puedo decir que no sé si algún día llegaré a Roma, pero sé que hay un montón de caminos, y uno será el mío. Mi único deseo es que mi ruta sea larga, divertida, y con mis personas favoritas a mi lado.

Pensar mucho cansa, pero es buena droga 

Cuando uno busca, encuentra. Esto es así.

Si yo creo algo, mi mente cambia de modo, y automáticamente pone el foco en aquello que confirma mi hipótesis. Todo lo que la desmiente queda fuera.

Tiene su lógica…Tu mente quiere lo mejor para ti, tranquilidad, todo facilito y cero esfuerzo. Y cambiar de hipótesis, o buscar más argumentos que la apoyen da trabajo. 

No. Tu mente no quiere eso. Es más fácil confirmar lo que ya piensas, y todos contentos.

Entiendo que has captado el tono ¿verdad? Exacto, era ironía.

Por supuesto que es mejor dejar las cosas como están, más cómodo. Pero es una trampa que nos ponemos nosotros mismos. 

La verdadera inteligencia es aquella que cuestiona. Es maravilloso cultivar nuestro propio criterio y ser fieles a él, porque actuar con criterio te llevará por buen camino. Pero tener pensamiento crítico es igual de maravilloso, y eso incluye la autocrítica.

Pegarle un lavado de vez en cuando a nuestros criterios no está de más. Si después de un análisis sigues pensando que tus criterios están bien como están, pues estupendo. Pero si hay algo que de una forma u otra te llama la atención, préstasela. Cuestiónate de vez en cuando, pasa tiempo a solas y haz limpieza en el “ático”, pégale un buen repaso de vez en cuando.

Es costoso, lo sé, pero los beneficios son muchos. Uno de ellos es que te protege un poco más de la manipulación. 

La gente se cree todo aquello que apoya su visión del mundo. Si tú tienes una idea, por muy vaga que sea, y hay personas que alimentan esa idea, puede que estés corriendo riesgos. Qué sé yo, la ignorancia es la madre del atrevimiento. Si te dejas llevar, sin esfuerzo, como uno es arrastrado por la corriente y se rinde, puede que tus pensamientos estén lejos de tu criterio y acabes pensando como los demás, pero no sabes cómo has llegado ahí, no lo sabes argumentar ni justificar. 

No me malinterpretes…Está muy bien subirse a determinadas corrientes e identificarte con algunas ideologías. Pero jamás dejes de revisar tus criterios, jamás te sueltes de la mano del pensamiento crítico, jamás des todo por sentado para siempre.

Las conversaciones son mucho más interesantes cuando uno pregunta, aporta, reflexiona, contrasta, debate, escucha muchas opiniones diferentes… Nadar en el pensamiento y no seguir siempre la misma corriente puede resultar enriquecedor. Y a mí personalmente me sirve mucho aprender a escuchar en vez de hablar… Y aprovecho mi silencio para tomar notas.

Me gusta escuchar. Me gusta hablar. Me gusta pensar. Me gusta aprender. Me gusta escribir. Y algún día me gustaría enseñar. De una forma o de otra, procuro hacer todo esto cada día.

A ti pueden gustarte otras cosas, pero te animo a que tengas todo esto en cuenta y lo incorpores a tu vida. Si no te sirve o no resuena contigo, pues a otra cosa. Y si te ayuda en algo, me encantaría que me lo contases y que podamos tener una de esas conversaciones que hacen que el tiempo pase volando. 

Si te sientas pierdes turno

No soy novelista, pero hoy te traigo una historia. No te va a dejar con la boca abierta…pero puede que al menos te haga pensar, y yo habré cumplido con el objetivo del post.

Antes de nada: se trata de una metáfora ¿vale? Así que dale cancha a la imaginación porque no me gustaría que dejases de leer a eso de la mitad…

Para que sea más fácil (y no te aburras, dicho sea de paso), vamos a combinarlo con algo de visualización ¿te parece? Así que imagina que ya ha pasado la pandemia. La vacuna ha resultado ser muy eficaz, y ya no hay ingresos hospitalarios, ni confinamiento, ni mascarillas, ni nada de nada. Llevas un año entero deseando hacer una escapada de fin de semana a algún lugar perdido donde poder desconectar y relajarte. 

Has reservado una habitación en una casa rural ubicada en un entorno idílico. 

Después de desayunar sales a dar un paseo. 

Vas caminando por un sendero cubierto de hojas. 

Hay árboles a ambos lados. 

Hace un día genial.

Has planeado varias actividades que no te quieres perder, y que además has reservado con mucha antelación. 

También te han hablado de un restaurante en el pueblo vecino donde se come muy pero que muy bien. 

(Un inciso aquí para aclarar que esas actividades y ese restaurante representan nuestros objetivos, nuestras metas, y que el sendero es la vida y nuestras circunstancias).

Así que caminas feliz de la vida sabiendo el día que tienes por delante.

Peeeero…de pronto te encuentras con una roca enorme en mitad del sendero. ¿Qué haces? Pues lo mismo que cualquiera: tirar de recursos.

Intentarías moverla. Coges un palo y haces palanca…

No funciona, así que empiezas a cavar a su alrededor a ver si así se mueve. 

Nada…

Intentas empujar, y tampoco.

Pruebas a atarla con una cuerda y tirar…

Pruebas cientos de cosas, y ninguna funciona.

Te enfadas y te sientas, pensando que la vida es muy injusta, que tiene que haber una manera, que alguien se tiene que hacer cargo y venir a quitarla…

Aquí hay dos tipos de personas. Las que se quedan sentadas esperando a que la cosa cambie para poder seguir su camino tal y como tenían planeado, y las que piden ayuda.

Voy a suponer que tú eres el segundo tipo de persona, porque si eres del primer tipo de persona, la historia acaba aquí para ti. Sigue sentado/a esperando a que alguien venga y te quite la piedra (eso sí, antes de que anochezca y empiece a hacer frío), o a que con el paso de los años y el efecto de la atmósfera la piedra se desintegre y puedas seguir (es decir, pásate la vida esperando).

El segundo tipo de persona busca a un paisano, pide ayuda: “buenos días, mire, estaba yo tranquilamente caminando hacia mis objetivos y de repente una piedra enorme se ha puesto en mi camino. No hay manera de solucionar esto, lo he intentado todo. ¿Qué puedo hacer?”

A lo que el paisano responde: “¡Ah sí! Eso pasa muy a menudo. Tienes razón, no hay manera de quitarla. Pero no lo has probado todo. Hay otra solución, pero claro, implica mucho esfuerzo la verdad, y algún que otro cambio y renuncia. Pero si de verdad quieres llegar a ese sitio, lo que puedes hacer es deshacer lo andado y probar con otro camino. Es más largo, y no te puedo garantizar que no caigan piedras. Pero dado que en este ha caído una que no puedes quitar, podrías probar con ese otro”.

De nuevo dos tipos de persona. La que dice que no merece la pena el esfuerzo y se vuelve a sentar a esperar (de nuevo, si eres este tipo de persona, hasta aquí la historia para ti).

Y luego está la que decide probar. La que tiene el valor de reconocer que este camino, a pesar del que es el que quería y la mejor opción, ya no sirve, no se puede recorrer, y por tanto lo acepta y decide apostar por el cambio.

Puede hacerlo sola, o puede pedirle al paisano que la acompañe un rato, por si hay algún otro obstáculo por esos lares que no sabe manejar…

En cualquier caso, ella sigue. Puede que por ahí tampoco llegue, porque hay veces en las que la vida se nos pone en medio, y nos pasan cosas que nos ponen a prueba, cosas que no podemos manejar, cosas que no podemos cambiar, cosas para las que no contamos con recursos suficientes, etc.

No debes olvidar que en la vida influyen muchas cosas, como la suerte (sí, la suerte, existe y hay un poco de eso también), los privilegios de cada uno, la educación que has recibido, tu nivel socio-económico… Y eso de que si te lo propones puedes conseguirlo todo, no es cierto.

En definitiva, tu universo de posibilidades está sujeto a un contexto particular, y es necesario tenerlo en cuenta. No siempre conseguimos lo que queremos, y hay veces que unos lo tienen mejor que otros.

Pero esta estrategia, la de probar otros caminos, sin la certeza de que te llevan a donde tú quieres, pero que sí te sacan de donde estás, la tienes disponible. Los caminos son diferentes para cada uno, y en parte lo son porque los caminos llevan a lo que es importante para ti en la vida.

Mis caminos no son los tuyos, pero los recursos para caminar y sortear obstáculos se pueden compartir entre caminantes. 

Lo importante aquí es tener claro a dónde quieres llegar, y después se trata de caminar en esa dirección con una mochila llena de herramientas.

¿Que por aquí no puedo? Pues intento todo lo que sé para conseguirlo, y si pasado un tiempo razonable e invertido un esfuerzo justificado no lo consigo, pues este no es mi camino, y probaré otros. A veces puedo necesitar ayuda, y eso está bien. A veces puedo darme cuenta de que el camino tan duro no merece la pena porque donde quiero llegar tampoco me interesa tanto.

O puede ser que por el camino descubra otros sitios que me interesan más y decido cambiar el rumbo. 

Te habrás dado cuenta de que llevas leyendo un ratito y yo aún no he acabado la historia… Y es que la historia no termina (a no ser que seas el tipo de persona que te he dicho antes y permaneces sentado/a, esperando, y entonces la historia para ti ha terminado nada más comenzar prácticamente). Si eres el tipo de persona que actúa, tu historia no acaba. Se repite y se alarga hasta donde tú quieras, más o menos así: camino – piedra – alternativa – camino – piedra – alternativa… Algunas veces hay muchas piedras, y otras veces caminamos mucha distancia sin problemas.

Pero en cualquier caso, si encuentras una piedra, sentarse a esperar es la última opción. Confía en tus recursos, busca alternativas y toma decisiones. Y recuerda, pedir ayuda también es una buena alternativa.

Planifica y vencerás

Aquí estoy de nuevo, tal y como te prometí. Gracias por seguir ahí. Si has seguido leyendo mi blog es porque también quieres crear nuevos hábitos o retomar alguno que habías dejado. O simplemente te interese aprender o leer sobre estos temas, que como ya te he dicho son muy comunes.

Te decía que implementar hábitos no es tarea fácil. De hecho, se tardan aproximadamente 21 días en establecer bien un hábito.

Pero también te decía que hay estrategias, y que se pueden aprender maneras de hacer que esos hábitos lleguen a buen puerto.

Vamos a empezar por uno muy sencillo, y te va a quedar muy claro con este ejemplo. Mismo hábito pero planteado de dos maneras. 

Pongo en mi agenda, así en grande, OBJETIVO – HACER EJERCICIO. Bien, está bien.

Mi otro yo pone: Lunes – buscar un deporte o actividad física que me guste; Martes – buscar clases en mi municipio (o si es “salir a correr” por ejemplo pues puedo poner: buscar un camino que no dañe mis articulaciones y sin mucho desnivel); Miércoles – buscar ropa técnica, no muy cara al principio (invertir dinero puede aumentar tu grado de compromiso); Jueves – decidir qué días haré deporte y cuánto tiempo me va a llevar (aumento la planificación).

¿Ves por dónde voy? Cuando te sientes menos productivo, es mucho menos abrumador desintegrar la tarea en otras más pequeñas e ir tachando de la lista las que has cumplido. Si lees “hacer ejercicio” puede pasarte que no sabes por dónde empezar, qué ejercicio hacer, si llueve te da más pereza…Pero si planificas y haces las cosas paso por paso, es más probable que vayas acercándote a tu objetivo. Cuán pequeños son los pasos dependerá de cómo de productivo/a te sientas. Si te ves mejor puedes juntar varios pasos en un día, y si te ves menos pues desgranas los pasos en otros más pequeños.

Cuando son pasos muy pequeños y más fáciles de cumplir, verás que a lo largo de la semana vas tachando, y eso a su vez hace que te sientas mejor y que aumente tu autoestima, porque ves que te acercas a tu objetivo y ves que te organizas y que lo consigues.

Y este sistema de desgranar el objetivo grande en pasos más pequeños vale para todo, para cualquier objetivo.

¿Qué más puedes hacer para implementar hábitos? Pues dime cuál es la “excusa” por excelencia… La falta de tiempo.

El tiempo es el que es y tu día y el mío tienen 24 horas, 1440 minutos y 86.400 segundos. Ni más ni menos.

Así que, ya que no podemos comprar más, pues vamos a pensar en qué es aquello que nos lo roba. Los ladrones de tiempo.

¿Cuánto tiempo pasas mirando el móvil? Jugando, en redes sociales, o haciendo nada en particular. ¿Y viendo la TV?

¿Cuánto tiempo tardas en ducharte/prepararte por la mañana/desayunar/hacer compras/ir al trabajo…? ¿Puedes recortar tiempo de ahí para dárselo a otras cosas?

¿Hay cosas que haces tú pero que podrías delegar en otras personas?

¿Hay tareas que puedes juntar en un día porque supone ahorrar más tiempo? Por ejemplo dejar las compras y los recados para un día a la semana, y así te ahorras el ir y venir cada día.

Estos son algunos ejemplos, pero se trata de que te des cuenta en qué cosas se te va el tiempo y te lo quitan de hacer lo que a ti te gustaría. Piensa en la manera de optimizar. No hagas la compra todos los días, destina un momento del día para estar con el móvil, revisar redes sociales, comprobar correo, etc.

Incluso puedes hacer un horario y poner todas las cosas que haces cada día (levantarse, desayunar, ducha, trabajo, etc.), y si quieres ser más pro, puedes poner cuánto te lleva cada tarea, para ver más claro de cuánto tiempo dispones para el resto de cosas que quieres añadir a tu día, como hacer ejercicio/aprender un idioma/cocinar/bailar/leer…

Planifica y vencerás.

Esto no es una panacea. Aquí no hay polvo de hadas ni promesas acerca de una vida de luz y color. Aquí lo que hay son herramientas que te ayudan a planificarte mejor y acercarte a tus objetivos. Pero el resto lo pones tú. 

Yo te ayudo, pero tú caminas. No lo puedo hacer por ti. Y por tanto todo el mérito también será tuyo.

Tú pon las ideas, la actitud y la fuerza. De la psicología me ocupo yo. 

¿Nos vamos?

Mi huella

¿Sabes cuál es la palabra más bella para una persona? Su propio nombre. Y es que es nuestro primer sello de identidad.

Desde que nacemos, todo lo que nos sucede va imprimiendo su huella. Imagina que coges un papel y lo arrugas, lo haces una bola. Ahora intenta dejarlo como estaba. No se puede ¿verdad? Esas arrugas no van a desaparecer del todo. Y es que el cerebro nunca olvida. No hay botón para formatear el disco. No se puede borrar. 

Por tanto, todo en esta vida, cada experiencia, tiene su impacto, en menor o mayor medida, y es para siempre. Estamos hechos de pequeñas marcas a lo largo de nuestra historia. ¿Cómo es posible entonces acertar cuando te dicen que te definas? Eso tan típico como ‘définete en pocas palabras’. ¡Ja! ¡En pocas palabras! ¿Cómo cuentas una vida en pocas palabras?

En mi opinión, puedes contar cuáles son tus valores, o aspectos muy arraigados en ti. Pero no creo que te puedas definir de una forma cerrada y contundente, y menos en pocas palabras. Porque, al igual que nuestro contexto va cambiando, tú también lo haces y te vas adaptando a él y a las situaciones que te va tocando vivir. Vas aprendiendo y vas interiorizando comportamientos y creencias que te van moldeando, como una figura de barro.

¿Acaso se puede definir algo que es diferente a lo de ayer y distinto de lo que será mañana? Estamos sometidos al cambio constante. Y no sé para ti, pero para mí es muy difícil definir algo que no es estático… 

Por tanto, dependiendo del momento, del lugar, de tus circunstancias personales, tu identidad es un u otra. Por eso es injusto pensar que por tener una mala época te cuelgues una etiqueta que consideras inamovible, y te juzgues de la manera tan dura con que a veces lo haces. ‘Soy un desastre’, ‘soy un fracaso’, ‘soy mal amigo/mala amiga’, ‘soy vag@‘, etc. Como dice Alice Munro, ‘en la vida tienes unos cuantos sitios, o quizá uno solo, donde ocurrió algo; y después están todos los demás sitios’. Déjame darte un consejo: no te olvides del contexto. No podemos identificarnos con el contexto. Una cosa eres tú, y otra es lo que haces o lo que te sucede en un determinado momento. ¡Ojo cuidado con abusar de las etiquetas! Sirven para clasificar y tenerlo todo ordenadito, pero la mayoría de las veces las usamos para condenar. 

Recuerda esto: todo cambia.

También se le puede dar la vuelta a la tortilla y pensar que como eres buen@ en algo, ya está, ya lo tienes hecho. Ahí tienes tu marca de identidad. Pues bien, ahí va un pequeño secreto robado de la cultura del sol naciente: para vivir más y mejor, una de las claves es mantener la mejora constante. Aunque hagas bien algo, intenta buscar la manera de hacerlo un poco mejor. (Los japoneses tienen una palabra concreta para este concepto de ‘mejora constante’: kaizen, que sería algo así como ‘cambio bueno continuo’)

Todo es susceptible de cambiar.

Nada permanece estático a lo largo del tiempo. Y cuanto antes asumas este principio, antes entenderás muchas cosas. 

Como te decía, hay cosas que sí permanecen a lo largo del tiempo. Sufren ligeros cambios, sí, pero forman una base más sólida en nostr@s. Te voy a exponer esto con una metáfora. Tu vida es un viaje y tú llevas una mochila. Si alguien abre tu mochila puede aventurarse e intentar adivinar cómo eres, cuál es tu identidad, tan solo analizando tu equipaje. Sí y no. porque hay cosas en ti que son permanentes, como los valores. Aunque por el camino puedes ir metiendo más valores en tu mochila, hay algunos que siempre vas a llevar contigo por considerarlos fundamentales. Y No porque hay cosas que has decidido meter en tu mochila en un momento determinado pero durante tu viaje te das cuenta de que no lo necesitas, de que te estorba o dificulta tu viaje, de que no es tan útil como pensabas, de que eso no va contigo… Tu mochila es tu identidad, tu equipaje te define y si alguien abre tu mochila puede saber cómo eres. Pero tu mochila no siempre contiene las mismas cosas. Algunas te acompañan durante todo el viaje y otras las vas desechando y vas metiendo otras distintas.

Pero hay algo más. Si sabes qué paradas quieres hacer en tu viaje, si sabes dónde quieres ir, es más fácil preparar el equipaje, y lo harás de una forma consciente, coherente y en consonancia contigo. ¿Me sigues? Te traduzco: si sabes quién quieres ser, sabes quién eres.

Hasta aquí por hoy. Te dejo pensando.

‘No soy una y simple, sino compleja y múltiple’

Virginia Woolf

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