
“Tiene uno prisa, la tiene siempre, metida en el organismo, donde se ha ido incubando como una enfermedad. […] Tanto es así que al tiempo de pensar se le suele llamar perder el tiempo, porque el ser humano se ha hecho esclavo de la prisa y siente como inerte y sin consistencia todo lo que no lleva su marca angustiosa” – Carmen Martín Gaite
La naturaleza es lo opuesto a esta fiebre.
Ella no corre, permanece. Es quietud, es calma. Y sin embargo está llena de vida.
Ella no grita, respira. Y en su silencio hay un pulso constante, invisible y eterno.
Es quietud que late, calma que se ordena. Es orden y estructura.
Su extensión es menor de la que debería, pues no se la deja espacio. Más aunque oprimida, siempre encuentra espacio para renacer.
La naturaleza no conquista: reconquista, con paciencia. Ella no corre, no tiene prisa.
Ella es fuerza y grandiosidad. Y desde su humildad, nos regala su belleza. Desde lo minúsculo hasta lo abismal, desde lo frágil hasta lo indestructible.
Calma, fuerza y paciencia. De esta sinergia sólo puede resultar algo eterno.
Voy a permitirme salir de lo poético para hablar seriamente, y voy a hacerlo, paradójicamente, robando una frase de un —para mí— poeta: “Él camina despacito que las prisas no son buenas”.
Y no, no lo son. ¿Sabes cómo afectan a tu sistema nervioso?
Activan el sistema nervioso simpático, y el cuerpo entra en un estado de «lucha o huida» para responder a lo que percibe como una amenaza.
Esto provoca la liberación de hormonas del estrés, como el cortisol y la adrenalina, acelerando el ritmo cardiaco y la respiración.
A su vez, al encontrarnos en un estado de sobreestimulación interna constante, sufrimos ansiedad, irritabilidad y cansancio. Y probablemente dificultades para relajarnos, es decir, para activar nuestro sistema nervioso parasimpático.
Estos serían los efectos inmediatos, pero aquí no se acaba la historia.
A largo plazo, el estrés crónico puede afectar a varias funciones cerebrales, como la capacidad cognitiva, pérdida de memoria y capacidad atencional y de concentración.
También pueden aparecer problemas digestivos, ya que el sistema nervioso parasimpático —que se encarga de la digestión, se ve bloqueado por el estrés, y esto dificulta la digestión y causa malestar estomacal.
Continuamos para bingo. La función del sistema inmunitario se debilita. El estrés crónico puede alterar la respuesta inmunitaria, haciendo al cuerpo más vulnerable a infecciones y promoviendo la inflamación.
Y por último, pero también importante, genera tensión muscular, llevando a dolores de cabeza muy comunes.
Ya sé que lo has oído miles de veces, que hay que aprender a gestionar el estrés, que hay que aprender a relajarse y disfrutar de la vida…Pero es que es serio el tema, y las consecuencias son igual de serias. Se me ha olvidado decirte que la longitud de los telómeros también disminuye, y esto se traduce en que envejeces peor y más rápido.
No estoy diciendo cosas al tun tun o para meter miedo, pero te animo a que intentes reducir aunque sea un poco el estrés. No hablo de que desaparezca, no es real ni adaptativo una vida sin estrés. Te hablo de cambiar el estrés crónico por el estrés puntual, ese que puede considerarse inevitable.
Si no sabes cómo, prueba a buscar bibliografía o a curiosear por internet. Y, cómo no, pide ayuda a un profesional si consideras que lo tuyo pasa de castaño oscuro y la situación es insostenible.
Parece un imposible, pero un ligero cambio de actitud con una pizca de perspectiva pueden dibujar un escenario bien distinto.
Y pongo la guinda al pastel con un proverbio oriental:
“La prisa mata, la calma construye”.