El privilegio de poder elegir

Cuando quieres estar en dos sitios a la vez, la culpa aparece sin pedir permiso. “Si elijo esto no puedo lo otro”. Si hago lo que quiero no hago lo que “tengo que”. ¿Te suena? Si elijo el hobby, abandono la responsabilidad. Si sigo el deseo, abandono el deber. Si me cuido, descuido lo que se espera de mí.

Es esa voz interior que nunca descansa, la que lleva un látigo invisible y sentencia:

“Primero cumple. Luego —si te queda tiempo y energía— quizá puedas ser feliz”.

Entonces toca abrir agenda, estirar las horas y contar con cada minuto, elegir, planificar, cuadrar las piezas del puzzle, sacar las runas, consultar al oráculo, quemar palo santo, invocar a Atenea, santiguarse, rezar, y que sea lo que Dios quiera.

Es difícil estirar 24h y que podamos sacar todo adelante. Por eso, una vez más, desde este lugar de defensa del autocuidado, te pido que pongas todo eso sobre la mesa y revises tu jerarquía, que dignifiques el autocuidado y le des el lugar que merece. Dedicar tiempo a un hobby no es vaguear. Es elegirse. Y elegirse también es una responsabilidad.

El autocuidado no es un premio ni una pérdida de tiempo: es una elección necesaria.

Pero las personas privilegiadas tenemos un comodín. Alguien que atiende eso que decidimos dejar de lado un momento para priorizar otra cosa igual de necesaria que la primera. No digo “igual” por estar en la misma posición de nuestra jerarquía de valores —cada cual tiene su propio orden—, sino que ambas son necesidades que hay que cubrir para conseguir un equilibrio.

Este post va dedicado a esas personas comodín, que a veces adopta forma de abuela/abuelo, pareja, amigas/os, vecinos/as, etc. No hacéis solo un favor, nos dais el regalo del tiempo. Nos permitís cuidarnos, cumplir metas, divertirnos, descansar, nutrir nuestros vínculos, etc.

A mis personas comodín, a cambio, os digo que con vosotros/as dejo lo que más quiero en el mundo, o delego tareas que son importantes…y eso sólo es posible porque confío plenamente, y eso dice más de vosotros/as que de mí, de la clase de persona que sois y de la percepción que yo tengo de vosotros/as. Representáis un lugar seguro.

Y para todas esas personas que no tienen en quién delegar, esto también es para vosotras. A veces toca renunciar y soltar, escoger una opción y sacrificar la otra. La vida no es justa: unos pueden y otros no. Pero incluso ahí, la vida ofrece algo a cambio. Te brinda oportunidades para entrenar la habilidad de toma de decisiones. Te coloca en esa tesitura de tener que elegir, y con la práctica, empiezas a aprender a cuidar mejor de ti, a escucharte, a saber qué te conviene, qué te ayuda y qué no. 

Sea como sea, porque tienes a alguien para ayudarte o porque tienes el coraje de elegir, no dejes de hacer aquello que te da vida. Lo que nutre tu cuerpo, tu mente y tu alma también es necesario.

Quien va demasiado deprisa, deja su alma atrás

Tiene uno prisa, la tiene siempre, metida en el organismo, donde se ha ido incubando como una enfermedad. […] Tanto es así que al tiempo de pensar se le suele llamar perder el tiempo, porque el ser humano se ha hecho esclavo de la prisa y siente como inerte y sin consistencia todo lo que no lleva su marca angustiosa” – Carmen Martín Gaite 

La naturaleza es lo opuesto a esta fiebre. 

Ella no corre, permanece. Es quietud, es calma. Y sin embargo está llena de vida. 

Ella no grita, respira. Y en su silencio hay un pulso constante, invisible y eterno. 

Es quietud que late, calma que se ordena. Es orden y estructura.

Su extensión es menor de la que debería, pues no se la deja espacio. Más aunque oprimida, siempre encuentra espacio para renacer.

La naturaleza no conquista: reconquista, con paciencia. Ella no corre, no tiene prisa.

Ella es fuerza y grandiosidad. Y desde su humildad, nos regala su belleza. Desde lo minúsculo hasta lo abismal, desde lo frágil hasta lo indestructible.

Calma, fuerza y paciencia. De esta sinergia sólo puede resultar algo eterno.

Voy a permitirme salir de lo poético para hablar seriamente, y voy a hacerlo, paradójicamente, robando una frase de un —para mí— poeta: “Él camina despacito que las prisas no son buenas”.

Y no, no lo son. ¿Sabes cómo afectan a tu sistema nervioso? 

Activan el sistema nervioso simpático, y el cuerpo entra en un estado de «lucha o huida» para responder a lo que percibe como una amenaza. 

Esto provoca la liberación de hormonas del estrés, como el cortisol y la adrenalina, acelerando el ritmo cardiaco y la respiración. 

A su vez, al encontrarnos en un estado de sobreestimulación interna constante, sufrimos ansiedad, irritabilidad y cansancio. Y probablemente dificultades para relajarnos, es decir, para activar nuestro sistema nervioso parasimpático.

Estos serían los efectos inmediatos, pero aquí no se acaba la historia.

A largo plazo, el estrés crónico puede afectar a varias funciones cerebrales, como la capacidad cognitiva, pérdida de memoria y capacidad atencional y de concentración.

También pueden aparecer problemas digestivos, ya que el sistema nervioso parasimpático —que se encarga de la digestión, se ve bloqueado por el estrés, y esto dificulta la digestión y causa malestar estomacal.

Continuamos para bingo. La función del sistema inmunitario se debilita. El estrés crónico puede alterar la respuesta inmunitaria, haciendo al cuerpo más vulnerable a infecciones y promoviendo la inflamación. 

Y por último, pero también importante, genera tensión muscular, llevando a dolores de cabeza muy comunes.

Ya sé que lo has oído miles de veces, que hay que aprender a gestionar el estrés, que hay que aprender a relajarse y disfrutar de la vida…Pero es que es serio el tema, y las consecuencias son igual de serias. Se me ha olvidado decirte que la longitud de los telómeros también disminuye, y esto se traduce en que envejeces peor y más rápido.

No estoy diciendo cosas al tun tun o para meter miedo, pero te animo a que intentes reducir aunque sea un poco el estrés. No hablo de que desaparezca, no es real ni adaptativo una vida sin estrés. Te hablo de cambiar el estrés crónico por el estrés puntual, ese que puede considerarse inevitable.

Si no sabes cómo, prueba a buscar bibliografía o a curiosear por internet. Y, cómo no, pide ayuda a un profesional si consideras que lo tuyo pasa de castaño oscuro y la situación es insostenible. 

Parece un imposible, pero un ligero cambio de actitud con una pizca de perspectiva pueden dibujar un escenario bien distinto.

Y pongo la guinda al pastel con un proverbio oriental: 

“La prisa mata, la calma construye”.

Decir o no decir, esa es la cuestión

“Un secreto, sin embargo, es algo que guardamos porque si saliera a la luz es probable que se usara en nuestro perjuicio o nos hiciera sentir mal. Los secretos normalmente tienen que ver con cosas de las que nos avergonzamos.

—¿Usted tiene secretos?

—Sí —admitió—. ¿Y tú?

—Yo también— dijo Madeline.

—Estoy convencido de que todo el mundo los tiene. Sobre todo los que niegan tenerlos. Es imposible ir por la vida sin arrepentirse o avergonzarse de algo.”

Dicen que una relación sana es aquella en la que no hay secretos. Dicen que las mejores amigas se lo cuentan todo. En mi opinión, es control encubierto.

Claro que hay que tener secretos, claro que tenemos derecho a atesorar partes de uno mismo, claro que no podemos depositar en cualquiera nuestra vulnerabilidad. Y aunque se dé el caso de que la confianza sea enorme, siempre hay resquicios de miedo. Si hasta nos cuesta delegar tareas… Ya no te digo dejar al cuidado de otros a hijos o mascotas. Lo valioso no lo dejamos en manos de cualquiera, somos muy selectivos. Y en muchos casos nadie es digno de confianza, sobre todo con lo más preciado o lo más vulnerable.

Guardar un secreto es ser guardián de un tesoro, y ese trabajo hay que tomárselo en serio. Y no todo el mundo está a la altura.

Asociamos tener secretos con alguien que no es de fiar, pero lo cierto es que, tener secretos, es algo muy humano, y muchas veces necesario.

Todos tenemos un mundo interno, un mundo que es sólo nuestro y que nos convierte en personas únicas, y no tenemos por qué compartirlo con el resto, o al menos no todo. A veces esto cumple una función social, para evitar juicios, conflictos o exclusiones. Suponen una estrategia protectora y adaptativa cuando el entorno es hostil o inseguro.

En definitiva, las personas tenemos secretos para tener el control sobre nuestra propia historia, por vergüenza o culpa, por miedo al juicio o al rechazo, o para proteger a alguien.

El problema viene cuando la carga emocional que supone mantener el secreto se vuelve demasiado intensa y genera malestar; cuando la emoción asociada al secreto es desagradable (por ejemplo, si hay culpa o vergüenza); cuando el secreto es una experiencia traumática que no ha sido elaborada (aquí entra en juego el profesional de la salud mental, alguien que mantendrá la confidencialidad y te ayudará a compartir esa carga y procesar la emoción, siendo el resultado liberador); cuando la vinculación con otros se vuelve difícil debido a que no se comparte absolutamente nada; y cuando la integridad de alguien está en peligro.

Por tanto, guardar un secreto es bueno y adaptativo si cumple funciones de protección, pero si el peso de llevarlos se vuelve insoportable y genera malestar, es mejor buscar una manera de aliviar esa carga, porque ya no nos estaríamos cuidando.

Encerrados en nuestro propio castillo

El eguzkilore es una flor silvestre que, en la mitología vasca, se consideraba un símbolo de protección contra las fuerzas negativas, y por ello se colocaba en las puertas de las casas. 

El ser humano se protege, física y/o emocionalmente, para garantizar su supervivencia. Y tenemos partes internas que cumplen esa función. Estas partes protectoras son muy valiosas dentro de nuestro sistema, porque nos cuidan evitando el dolor. 

Este mecanismo interno de defensa se activa para protegernos de sentir heridas emocionales, como el rechazo, la vergüenza, la culpa o el miedo. Y se manifiesta a través de perfeccionismo, crítica interna, control excesivo, desconexión emocional, impulsividad… Estas conductas son mecanismos de defensa que se activan para evitar un malestar emocional cuando el sistema interno percibe que una situación actual podría revivir un dolor del pasado, para evitar que eso vuelva a suceder. Por eso es una parte tan valiosa. 

Peeeero, aunque su intención es buena, puede ser muy limitante y causar otro malestar diferente. Es decir, en su momento nos permitió sobrevivir o afrontar una situación con el menor impacto emocional posible, pero ahora, en vez de buscar un recurso de afrontamiento mejor y de acuerdo al contexto en el presente, se sigue utilizando el mismo a pesar de no ser el más adecuado, porque esa parte está anclada en el pasado. Y lo peor de todo es que seguimos atrapados en esa rueda de evitación, desconectando de nosotros mismos.

El trabajo con las partes es complejo, y es necesario abordarlo de la mano de un profesional, alguien en quien puedas confiar y aporte seguridad en el proceso. Pero es un camino precioso de autodescubrimiento, sanción y crecimiento personal.

Cuando tus protectores confían en tu capacidad de autocuidado, es decir, cuando ya no necesitan protegerte, poco a poco pueden relajarse y liberarse de esa responsabilidad, y dejar espacio para que vivas con más autenticidad y libertad.

Los viajes internos siempre son duros, pero a su vez son reveladores y fascinantes. A veces, para curar una herida hay que hurgar en ella, y duele. Pero es necesario para sanar. Y el resultado es el bienestar, que al fin y al cabo es lo que cuenta. 

El enemigo duerme en casa: planificando fallar

¿Por qué nos autosaboteamos? Qué paradójico resulta que a veces seamos los autores de nuestro propio sufrimiento. Pero el autosabotaje es algo muy humano. Es un mecanismos inconsciente de defensa, una estrategia que tiene la mente para protegernos del fracaso, del rechazo, del malestar emocional, y, aunque no te lo creas, del éxito.

A veces la idea de fracasar nos da mucho miedo, así que preferimos no intentarlo para que, si no lo conseguimos, pensemos que ha sido por decisión propia. También puede deberse a que en nuestro interior creemos que no merecemos que nos pasen cosas buenas, tal vez por un sentimiento de culpa. Y boicoteamos las oportunidades que tenemos de que nos suceda algo bueno, para evitar que la culpa vuelva a aparecer. Y como esta creencia limitante tenemos más, como sentir que no somos suficientes, o que somos inútiles y estropeamos lo que conseguimos. Estos pensamientos influyen en nuestro comportamiento y aquello que queremos evitar acabamos provocándolo nosotros mismos —profecía autocumplida—. Y con más razón si hemos intentado algo en el pasado y no ha funcionado o nos han juzgado por ello.

Otro motivo del autosabotaje es el miedo al cambio. “Más vale lo malo conocido…” dice el refrán. Lo desconocido es incertidumbre, y lo conocido, aunque sea malo, sabemos manejarlo. El cerebro evita lo desconocido, por supervivencia. Su trabajo es protegernos, no hacernos felices.

El autosabotaje puede estar disfrazado de perfeccionismo. Esperar al momento perfecto, a tener un plan que contemple todas las opciones y que esté cuadrado al milímetro, a tener toda la información, etc. La procrastinación es autosabotaje encubierto, evitando llegar a un límite o no estar a la altura.

Y por último, el miedo al éxito. Tener éxito supone asumir nuevas responsabilidades, tener unas expectativas y afrontar el juicio ajeno.

¿Y qué podemos hacer si es algo que ocurre fuera de la conciencia? Exacto, hacerlo consciente. Darse cuenta de nuestros patrones de conducta, cuestionar nuestras creencias limitantes, explorar nuestro miedo al cambio, nuestro significado acerca del éxito y del fracaso. Y en este proceso no puede faltar la autocompasión. Hablarnos bien, comprendernos y darnos ánimos. 

Pero lo importante de todo esto no es las veces que uno se autosabotee, sino las veces que somos capaces de encontrar de nuevo el camino. Así que, sabiendo que todos los caminos llevan a Roma, puedo decir que no sé si algún día llegaré a Roma, pero sé que hay un montón de caminos, y uno será el mío. Mi único deseo es que mi ruta sea larga, divertida, y con mis personas favoritas a mi lado.

¿Izquierda o derecha? Izquierda, because left is always right.

Si fuésemos marionetas y nuestro cerebro manejase los hilos, lo haría en forma de X. Es decir, el hemisferio derecho dirige la parte izquierda del cuerpo y el hemisferio izquierdo dirige la parte derecha.

El hemisferio izquierdo domina los procesos racionales, cognitivos, y por tanto está gobernado por el lenguaje. Mientras que el hemisferio derecho está involucrado en los procesos emocionales.

Por este motivo, en los primeros años de vida de un ser humano, el hemisferio derecho -que se corresponde al lado izquierdo del cuerpo- es muy importante.

Las psicólogas Brenda Todd y Victoria Bourne han logrado demostrar que al colocar a un bebé sobre el brazo izquierdo de su madre, ésta lograba sintonizar mejor a nivel emocional con su hijo. El título de la investigación es el siguiente: When left means right: an explanation of the left cradling bias in terms of right hemisphere specializations (Cuando izquierda significa derecha: una explicación del sesgo de acunar a la izquierda, en términos de especializaciones del hemisferio derecho).

Según estas investigaciones, esta postura permite a la madre hablar, cantar o susurrar hacia la oreja izquierda del bebé, le permite estimular su parte izquierda del cuerpo tocando su mano o su pie. O incluso mantener un contacto visual con el ojo izquierdo. Todo ello conectado en forma de X con el hemisferio derecho del niño, es decir, su cerebro emocional.

Al actuar de este modo, explican las investigadoras, las madres logran responder de una manera más rápida y adecuada a las necesidades del bebé, porque cada respuesta impacta directamente en el hemisferio derecho, regulando sus emociones. 

Pensarás que qué pasa con las mujeres zurdas. El estudio revela que ellas también elegían el brazo izquierdo para acunar, por el bien del bebé y no por comodidad, puesto que lograban calmarlos antes y mejor.

Estas investigaciones se han visto respaldadas con los estudios de la teoría del apego, los cuales ratifican que al estimular el lado derecho del cerebro se desarrollan más la inteligencia emocional y la empatía, y se activan procesos que permiten, entre otras cosas, descifrar expresiones faciales, percibir necesidades de un ser querido, leer el lenguaje no verbal, sentir seguridad o amenaza, percibir motivaciones o inquietudes de una persona, etc.

Desarrollar la inteligencia emocional es importante por varios motivos:

  • Nos permite relacionarnos mejor con los demás, ayudándonos a entender y expresar nuestras emociones, lo cual es esencial para una comunicación clara y empática. Esto facilita la creación de vínculos sólidos y reduce los malentendidos en nuestras relaciones personales y profesionales.
  • Al ser conscientes de nuestras emociones, también somos más capaces de reconocer y comprender lo que sienten los demás. Esto facilita la empatía, que es clave para crear un entorno de respeto y apoyo mutuo.
  • Favorece el autocontrol, ya que nos permite manejar mejor emociones intensas como el estrés, la ira o la frustración, evitando que reaccionemos impulsivamente. Esto contribuye a tomar decisiones más reflexivas y adecuadas, incluso en situaciones difíciles y a enfrentar los desafíos de la vida con mayor resiliencia, recuperándose con mayor facilidad de las adversidades.
  • Contribuye al bienestar mental, porque, al saber manejar el estrés y entender nuestras emociones se reduce el riesgo de problemas como la ansiedad y la depresión, mejorando nuestra calidad de vida y promoviendo un estado mental equilibrado.

Desarrollar la inteligencia emocional nos permite vivir de manera más equilibrada y satisfactoria, y nos brinda herramientas para relacionarnos mejor y enfrentar la vida con mayor fortaleza.

Así que, la próxima vez que beses, acaricies, susurres al oído o hagas una petición, hazlo en la parte izquierda de la otra persona para concertar con su cerebro emocional y lograr así una mayor conexión.

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