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Controversias de la psicología

Hoy es el día de la psicología, y por eso te traigo un post algo diferente. Y es que esta disciplina, para explicar el funcionamiento de la mente y el comportamiento humano, basa sus teorías y modelos en cientos de experimentos científicos. A la psicología le debemos mucho, de eso no cabe duda. 

Pero también es cierto que para que en la actualidad tengamos todo este conocimiento a nuestro alcance, a lo largo de la historia de la psicología se han llevado a cabo experimentos que han generado bastante polémica.

Hoy te cuento algunos de los más impactantes, pero que, como te digo, han aportado información muy importante para entender cómo piensa y se comporta el ser humano.

  1. El pequeño Albert, de Watson y Rayner 

Albert era un bebé de 11 meses al que seleccionaron para hacer un experimento sobre el condicionamiento. El objetivo era saber si se puede instaurar el miedo en una persona que no lo tiene previamente. Primero probaron que el pequeño Albert no tenía miedo a los animales peludos, y sí a los ruidos fuertes. Para condicionar al bebé, cada vez que le mostraban una rata (a la que antes no tenia miedo) hacían un ruido muy fuerte (al que sí tenía miedo). Lo que sucedió tras varios ensayos es que cada vez que al pequeño Albert le mostraban una rata, él lloraba. Y no solo eso, sino que su miedo se generalizó hasta tal punto que le asustaba cualquier cosa con pelo que le recordase a una rata, hasta personas con barba o un abrigo de lana. Sin duda, este experimento no podría llevarse a cabo hoy en día. Pobre Albert…

  1. Obediencia a la autoridad, de Milgram

Milgram llevó a cabo un experimento sobre la obediencia a la autoridad. Este experimento ha creado en su momento bastante polémica, y ahora verás por qué. Participaban tres personas en cada ensayo: un investigador, un maestro y un alumno. Para el rol de maestro, se pidieron voluntarios para un experimento remunerado sobre aprendizaje y memoria. Investigador y alumno eran cómplices. El investigador se reunió con ambos, alumno y maestro, y a este último le hizo creer que le había tocado ese papel por azar. Entonces le explicó su función, que era aplicar una descarga eléctrica al alumno cada vez que se equivocase. Además, a cada error, la descarga debía ser de mayor intensidad. El alumno tenía que cometer ciertos errores a propósito y cada vez que el maestro apretase el botón debía fingir que le estaban aplicando la descarga. Debía gritar de dolor, y cada vez más fuerte. 

Los resultados de este experimento son realmente impactantes. La mayoría de los investigadores que llevaron a cabo el estudio creyeron que los maestros se negarían a seguir aplicando descargas llegados a un punto. Pero descubrieron que la insistencia del investigador para seguir aplicando las descargas estaba influyendo mucho en los maestros, y el 65% de los participantes llegaron a aplicar la máxima descarga bajo las órdenes del investigador. La mayoría expresó su malestar e incomodidad por hacerlo, y mostraron dudas, pero aún así lo hicieron.

Seguramente que si te digo “obediencia a la autoridad”, y después de conocer este experimento, te están viniendo a la cabeza ejemplos reales y atroces de la vida real a lo largo de la historia mundial… Es increíble cómo somos capaces de renunciar a nuestros valores bajo la presión social o de personas con poder ¿verdad?.

Hay una película que a mí personalmente me encanta, ’Doce hombres sin piedad’, en la que se puede ver la influencia que ejerce la presión social en las personas, y como varía el comportamiento humano en relación a un grupo. Diferentes estilos de persona, con sus gustos, sus creencias, sus valores… Y cómo interaccionan y piensan en una dinámica grupal, en la que una persona es acusada ante un tribunal y ellos son el jurado popular que tiene que tomar una decisión unánime. Es antigua, en blanco y negro, y se desarrolla en un único escenario. Pero la recomiendo.

  1. La prisión de Stanford,  de Zimbardo

Este experimento es uno de los más famosos, e incluso se ha llegado a hacer una película (‘El Experimento’). Sus resultados son verdaderamente impactantes.

Este experimento es prueba de que somos víctimas de nuestros roles, más de lo que pensamos. La teoría de la socialización te interesa en este asunto, pero otro día. Continuamos.

Como decía, este experimento, llevado a cabo por Zimbardo, simula una prisión (creada en una parte de la Universidad de Stanford). Seleccionaron a estudiantes y los dividieron en dos grupos: presos y carceleros. Su comportamiento debía ceñirse al rol que desempeñaban. Además, para crear ciertas situaciones, a los guardias les asignaron algunos privilegios y les dejaron elegir sus propios uniformes. Por el contrario, a los prisioneros, los llamaron por números en vez de por sus nombres, y levaban grilletes, lo que resulta más humillante.

Los carceleros tenían libertad absoluta para hacer lo que quisieran con los presos, excepto ejercer violencia física (sí psicológica).El objetivo era infundir el miedo en los presos y conseguir la subordinación absoluta. Los carceleros se tomaron demasiado en serio su papel y en muy poco tiempo ya estaban ideando nuevas formas de castigar severamente a los prisioneros. Fueron cada vez más crueles. Les privaban de alimento, les mantenían desnudos un tiempo… Los presos podían abandonar el experimento cuando quisieran, pero ninguno lo hizo. Fueron víctimas de sus roles. Muchos de ellos desarrollaron daños psicológicos importantes y traumas. 

Lo sorprendente de este estudio también fue que los investigadores no detuviesen antes el experimento, y que incluso fomentasen ciertas situaciones para observar qué pasaba. Estos resultados muestran que asumir un rol, y en determinadas situaciones creadas, una persona puede convertirse en otra muy distinta: una persona muy cruel, una persona demasiado sumisa, o incluso una persona que observa sin inmutarse ante situaciones frívolas, como es el caso de los investigadores que llevaron a cabo el experimento.

  1. Cueva de los ladrones

El último experimento que te cuento es el del campamento de Boy Scouts. Participaron 22 niños de 11 años, y el objetivo era conocer el origen de los prejuicios, creando fricciones y situaciones conflictivas entre los niños.

Se dividió a los niños en dos grupos y se dejó un tiempo para que los grupos se fueran asentando y consolidando las relaciones. Se establecieron lazos, jerarquías, identidad de grupo, etc. Los investigadores, que se hacían pasar por los adultos que dirigían el campamento, comenzaron a crear dichas situaciones conflictivas y pronto se dieron las primeras disputas. De hecho, por seguridad, tuvo que suspenderse una fase del experimento.

No obstante, en la tercera fase se crearon situaciones que requerían la cooperación de ambos grupos para conseguir objetivos necesarios comunes. Cuando cada grupo necesitaba del otro para conseguir algo, el nivel de hostilidad se redujo y ambos grupos se entremezclaron y se establecieron nuevos lazos.

Como te decía, la psicología ha realizado grandes aportaciones al conocimiento humano, pero generando por el camino grandes controversias y llevando a cabo experimentos y estudios de ética dudosa. Sin embargo, es gracias a esta disciplina que el ser humano tiene maravillosas herramientas para el desarrollo personal, familiar, profesional y social. 

Si volviese a nacer, la escogería una y mil veces, porque la psicología me apasiona y no hay un solo día que pase sin notar su influencia en mí. ¡Feliz día de la psicología!

La bicicleta

Como te dije, el anterior post llegó con varios días de retraso porque se me había llenado la casa de virus. Eso me descuadró la agenda toda la semana. Al principio pensaba ‘acabo de empezar un blog y el segundo mes ya estoy fallando’, ‘todos mis trabajos se me van a retrasar’, ‘todo lo que tenía planeado esta semana se ha ido al garete’, ‘me estoy agobiando porque no descanso pero tampoco avanzo en nada’, y cosas por este estilo.

Pero de repente mi cabeza también fue la que me paró en seco. Mi mente racional le puso freno a mi mente emocional. Obviamente la ansiedad por quererlo todo organizado y controlado me estaba convenciendo de que soy un desastre. ¡Y nada más lejos de la realidad! 

Lo primero, yo no soy un desastre, sino que es la semana la que ha sido un desastre, no yo. Lo segundo, era mi ansiedad la que hablaba, no yo. Y lo tercero, ¿qué es lo peor que puede pasar si esa semana mi agenda se ha ido al garete? Le puse un esparadrapo en la boca a mi mente emocional y le di paso a mi mente racional. Ella me dijo que en el peor de los casos iba a tener que apretar más para poder cumplir mis objetivos en la siguiente semana, que iba a arrastrar un poco más de cansancio y que me tenía que plantear priorizar algunas cosas. Porque, querid@ mí@, en la vida no todo sale según lo previsto, y hay que saber tomar decisiones y jerarquizar en función de lo que es urgente, lo que es importante, lo que puedes dejar que hagan otr@s y lo que no es ni urgente ni importante, y puede esperar.

Si quieres, otro día te cuento más sobre el proceso de toma de decisiones y la solución de problemas, o te puedo contar también sobre el autocuidado, que es igual de importante o más que cumplir con las obligaciones de un@. Hay que ser responsable, por supuesto, pero siempre serás mucho más productiv@ si estás bien. 

Pero hoy te cuento qué es eso de la mente emocional y la mente racional, y por qué ambas son importantes, con una metáfora:

Visualiza una bicicleta. Las ruedas representan la mente emocional. Permiten que la bicicleta ande y, si las dejamos rodar sin ponerle freno, nos pueden hacer perder el control y caer. Por otro lado tenemos el manillar, que representa la mente racional. También sirve para dirigir la bicicleta, y son las que ponen freno a las ruedas y cambian de marcha según el terreno por el que vaya la bicicleta. Pero si nos obsesionamos con el control del freno y las marchas, no nos permitimos disfrutar del paseo. Por último tenemos el sillín, que es la mente sabia, donde vamos sentados. Desde ahí podemos ver bien el camino y saber si necesitamos aumentar de marcha, o girar el manillar, o dejar de pedalear para que las ruedas giren por la pendiente o la inercia. Desde la mente sabia integramos el manillar y las ruedas para disfrutar más del paseo y que el esfuerzo sea el necesario para llegar al destino, ni más ni menos. Algunas veces depende más de las ruedas y de cómo pedaleamos y otras veces será cuestión de utilizar las marchas adecuadas y girar el manillar. 

La mente sabia es aquella que equilibra mente racional y emocional. La racional nos ayuda en la toma de decisiones, nos pone los pies en la tierra, nos ayuda a clasificar para que nuestro cerebro acceda más rápido a toda la información, nos invita a reflexionar, echa mano de experiencias pasadas, etc. Si quieres una vida alocada y sin ningún tipo de control, ya sabes, cárgatela. Pero si quieres una vida satisfecha y con sentido, déjala un hueco y sigue leyendo.

La mente emocional es la que regula nuestras emociones. Pero para que esta mente funcione bien tienes que saber identificar y reconocer las emociones, porque todas ellas, las agradables y las no tan agradables, nos dan información de nosotr@s mism@s y de nuestro entorno.

Seguro que estás hart@ de ver titulares como ‘Controla tus emociones y no dejes que ellas te controlen a ti’, o ‘Manual para dejar de sufrir’… Si tienes algo de esto en tu casa, ¡tíralo!.

El sufrimiento forma parte de la vida, y sentir tristeza o miedo, que son dos emociones básicas, no es malo ni mucho menos. Todas las emociones son buenas (también las desagradables) y necesarias. Una emoción te está avisando de algo. 

Cuando tienes miedo de algo, tu cuerpo se activa, se acelera el corazón, respiras más rápido, incluso puedes empezar a sudar. Lo que sientes es desagradable, pero si lo piensas, de no ser así, no podrías sobrevivir. El miedo te indica que hay un peligro, y te está diciendo que reacciones, te empuja a la acción. Puedes escapar, quedarte quiet@ o enfrentarte, dependiendo de lo que requiera la situación. Pero sin la emoción, tu mente te diría: ‘viene un coche, y si mal no recuerdo, es probable que si no te quitas de en medio te atrope…Vaya, es tarde, ¿te has hecho daño?’. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Y cuando te sientas triste, tampoco intentes cambiarlo. La tristeza te dice que algo en ti se ha dañado o se ha roto, y tienes que escucharte para saber qué es, por qué estás así y qué puedes hacer para estar mejor. Date un tiempo y un espacio para conocer de qué se trata. Hay veces en las que podrás hacer algo para cambiarlo, y otras veces en las que tendrás que aceptar que no está en tus manos, y lo único que puedes hacer es elaborar eso que te sucede, masticarlo, permitirte sentir, darte tiempo y no juzgarte.

Las emociones comunican y te ayudan a adaptarte a las situaciones.

Así que, lo dicho, necesitas ambas mentes para estar san@. Sin equilibrio ¡no vas a ser capaz de andar en bicicleta! Piensa, siente y disfruta del camino.

‘No se puede encontrar la paz evitando la vida’

Virginia Woolf

Encuentra tu faro

El post de hoy llega con unos días de retraso. Me perdonáis ¿verdad? Cuando los virus entran por la puerta (y no hay escuela y/o guardería) el orden y la rutina salen por la ventana.

Hoy os hablo de los valores y de la acción comprometida. Ambas cosas son importantes, ya que los valores son nuestro mapa o nuestra brújula y la acción comprometida es la expresión de dichos valores, y lo que da sentido a nuestro viaje. Y necesitas de ambas porque ¿qué sería un valor si no se fuera a emprender ninguna acción en relación a él? Como os dije en alguna ocasión, un paso adelante no te lleva a donde quieres llegar pero te saca de donde estás. 

Pero antes de meternos en harina, dejadme que os cuente que el bienestar se puede ver desde dos perspectivas: (a) bienestar hedónico o subjetivo y (b) bienestar eudaimónico o psicológico. 

El primero está relacionado con el mantenimiento de un buen estado anímico o un equilibrio afectivo. Esto implica que hay una relación óptima entre las emociones negativas y las positivas, y por tanto, este tipo de bienestar se mide en función de estos dos tipos de emociones.  Lo ideal se ha establecido en que por cada emoción negativa debe haber tres positivas. Este tipo de bienestar se podría decir que se basa en que la felicidad se encuentra aumentando el placer y reduciendo o eliminando el dolor, y es más pasajera. Este tipo de felicidad tiene sus altibajos. 

El bienestar eudaimónico o psicológico se asocia con la integración vital, y está influenciado por la aproximación de Sócrates, Platón y Aristóteles, quienes vinculaban la felicidad al desarrollo de virtudes, capacidades y valores. Se basa también en la teoría de la autodeterminación, la cual plantea que un funcionamiento psicológico sano tiene lugar si las necesidades básicas están cubiertas (sobre todo la autonomía, la seguridad, la vinculación y la competencia) y se tiene un sistema de metas congruente y coherente, con una motivación interna (no basada en recompensas externas) y alineado con los propios intereses y valores. Por tanto, este tipo de bienestar se asocia al crecimiento personal, a dar un sentido a la vida y a la satisfacción vital, por lo que es más constante.

Una vida basada en los valores personales siempre va a ser más satisfactoria y nos da sensación de plenitud. Y por supuesto, sirve de guía en la toma de decisiones importantes. Muchas veces os habrá pasado que no sabes qué hacer, quieres hacer una cosa pero hay algo que te dice que no debes tomar ese camino, o te sientes perdid@ en general. La respuesta está en los valores, y tenerlos anclados en el horizonte sirve para encontrar la dirección que tú mism@ has marcado pero que, por circunstancias, habías perdido de vista. Los valores nos recuerdan quiénes somos y también quiénes nos gustaría ser o en quiénes nos gustaría convertirnos.

Pero parece que actuamos por inercia o por intuición, o nos dejamos llevar. Que eso también está muy bien, ¡ojo! Pero me atrevo a decir que pocas veces o ninguna te has sentado a plantarte qué es lo que en el fondo te mueve. Cuáles son tus valores, por qué has elegido esos y no otros, por qué algunos valores son importantes para ti pero no los desarrollas, etc. Así que hoy he decidido plantearte un ejercicio para reflexionar sobre esto y ayudarte a clarificar tus valores. ¡Vas a ser jardiner@! (Sí, eso es, jardiner@. Has leído bien. Pero te animo a que sigas leyendo, porque lo que viene ahora te prometo que te va a gustar).

Los valores, como os digo, son los principios o las cualidades que caracterizan a una persona y que la motivan a actuar y pensar de una determinada manera, y son las bases de su sistema de creencias. Además, hay algunos valores que son compartidos por la sociedad en la que vivimos, y también es importante diferenciar qué valores sociales asumimos por su coherencia con los nuestros de aquellos valores que asumimos como propios debido a la presión social.

Imagina que tienes un jardín, y eres la persona responsable de cuidarlo. Las plantas simbolizan lo que tienes en la vida: familia, amig@s, trabajo, estudios, aficiones…Cuando observas tu jardín, cabe hacerse muchas preguntas…

¿Todas las plantas están cuidadas por igual? ¿Cuáles tienen mejor aspecto y cuáles peor? ¿El número de plantas es adecuado? Si hay demasiadas, puede que no tengas tiempo de cuidarlas adecuadamente. Y si hay pocas, y por los motivos que sean, se marchitan, te quedarías con un jardín muy pobre. ¿Te gustaría tener alguna planta más en concreto?¿Crees que hay plantas que tienes pero que no te gustaría tener?

Además de las plantas, también dispones de semillas. Esas semillas que has plantado representan los objetivos o valores que quieres desarrollar. ¿Por qué has elegido esas semillas y no otras? Puede ser que te hayas fijado en otro jardín y quieras uno igual, o puede ser que te hayan dicho que eso es lo que tienes que plantar, o puede ser que realmente desees las plantas que vana brotar de esas semillas. ¿Cuál es tu caso?

El crecimiento de las plantas requiere tiempo, dedicación, paciencia, etc. Puede que no tengas paciencia y empieces a plantar más y más semillas con la esperanza de que las nuevas crezcan más rápido. Pero lo cierto es que las plantas tardan en brotar y crecer. ¿Eres un@ jardiner@ paciente?

Hay jardiner@s que se imaginan la planta que va a brotar con toda una serie de detalles. Y cuando la planta finalmente brota y no es como esperaban, empiezan a pensar que se han equivocado en la elección de la semilla, o que no la han cuidado bien y por eso la planta es así. Otr@s, sin embargo, aprecian la planta tal y como ha salido, disfrutando de las sorpresas. ¿A ti te desespera o desagrada lo que no se ajusta a tus expectativas?

En tu jardín también hay malas hierbas. Éstas simbolizan los miedos, las inseguridades, las dudas, los complejos…Hay jardiner@s que invierten todo su tiempo en intentar arrancar estas malas hierbas, y descuidan las plantas y las semillas. Cuanto más se esfuerzan en quitar las malas hierbas, peor aspecto tiene su jardín. El caso es que todos los jardines tienen malas hierbas, y de no ser así, parecería un jardín irreal, de mentiras. ¿Dedicas más tiempo a cuidar tus plantas o a quitar las malas hierbas?

Este ejercicio sirve para clarificar tus valores, pensar acerca de lo que quieres en tu vida, lo que ya tienes y lo que quieres conseguir. Pero claro, para que tenga sentido hay que traducirlo a conductas. 

Una vez sepas quién eres y a dónde quieres llegar, es hora de pasar a la acción. Y si no lo tienes claro aún, no te preocupes, porque lo puedes descubrir por el camino. Estar dispuest@ es la primera condición para comprometerse con la acción, y el siguiente paso está claro. ¡Da un paso adelante! Lo que importa es que te pongas en marcha, que te mantengas en constante movimiento. Sólo así encontrarás el camino. 

Y recuerda que, si te pierdes, busca tu faro, tus valores, y ellos te devolverán al sendero. Una acción comprometida con tus valores quiere decir que tú eliges seguir una dirección u otra. Las acciones basadas en valores son las que se planean deliberadamente para plasmar un determinado valor y tener una recompensa intrínseca. 

Cuida tu jardín, dedícale tiempo y esfuerzo, porque mereces una vida que tenga sentido para ti, y que merezca la pena ser vivida.

‘Son nuestras decisiones las que muestran quiénes somos realmente, más que nuestras habilidades’

J. K. Rowling

Estrés. ¿Amigo o enemigo?

En el primer post os hablaba de los objetivos para el nuevo año. Apuesto a que much@s de vosotr@s habéis escrito bien grande las palabras ‘Hábitos saludables’. Cuando pensamos en mejorar nuestra calidad de vida, rápidamente nos viene a la cabeza apuntarse al gym, seguir una dieta (o al menos mantener una alimentación sana), beber más agua, dormir más y mejor… Pero, ¿qué me decís de reducir los niveles de estrés? 

Tener hábitos de vida saludables también puede, y debe, incluir promover la salud mental. El estrés y la ansiedad son uno de los motivos de consulta más habituales en los servicios de atención primaria, y sin embargo no ponemos el foco de atención en ellos. Tener estrés nos parece algo normal, porque claro, estar estresad@s es habitual. Y es por eso que sólo decidimos acudir al médico (que no a un/a psicólogo/a…) cuando empezamos a sentir las primeras consecuencias de un estrés continuado. Pero lo cierto es que el hecho de que algo sea habitual o frecuente no quiere decir que sea conveniente. Así que, hablemos entonces de qué es el estrés, para qué sirve, cómo nos afecta y cómo lo podemos afrontar.

Atención Spoiler: después de leer este post vas a seguir teniendo estrés, como todo el mundo. Pero entenderás qué es, identificarás los principales estresores y conocerás diferentes estilos de afrontamiento. Saber a qué nos enfrentamos nos da pistas para tenerlo bajo control. Y ya sabéis lo que dicen…’ten cerca a tus amigos pero más cerca a tus enemigos’.

Necesitamos estrés para vivir (y en la antigüedad, para sobrevivir), nos hace falta un mínimo de activación para hacer frente a las exigencias del día a día o para sucesos intensos como una pérdida, un peligro, una alta carga de trabajo…El estrés nos activa y lo necesitamos. Pero, ¿cuándo se convierte en nuestro enemigo? Pues cuando se pasa de la raya.

Este es un tema muy manido, pero todavía se siguen confundiendo los conceptos de ansiedad y estrés. Por tanto, empecemos por aquí. El estrés hace alusión a la incapacidad percibida por parte de una persona de afrontar las demandas de una determinada situación, y la ansiedad se refiere más bien a una respuesta emocional frente a una percepción de amenaza, que puede ser real o imaginaria. Por ejemplo, estrés podría ser lo que siente una persona que tiene mucho volumen de trabajo al día y no da abasto. Y ansiedad podría ser lo que siente esa persona al pensar que como no consigue hacer su trabajo a tiempo, su jefe lo despedirá. Lo cierto es que estos términos se solapan muchas veces, y por eso es fácil confundirlos o considerarlos sinónimos. Pero son dos cosas diferentes, y sobre ansiedad os contaré otro día.

Como os decía, una persona evalúa la situación y analiza qué es lo que se le está demandando (en el ejemplo anterior, ve un montón de papeles en su mesa y una larga lista de tareas con fecha de entrega). Después, se plantea qué recursos tiene para afrontar esa situación, y en función de esta evaluación, decide si se estresa o no. Básicamente y en pocas palabras, así funciona el estrés.

Pero hay más. ¿Qué nos estresa? Hay tres tipos de estresores: (1) los sucesos vitales, que son cambios importantes en nuestras vidas, de gran intensidad pero que no ocurren muy a menudo; (2) los sucesos diarios, a lo que llamamos ‘estrés cotidiano’, que son de baja intensidad pero muy frecuentes; (3) y los sucesos de tensión crónica mantenida o ‘estrés crónico’, que es de alta intensidad y su presencia es repetida y duradera. Además, hay algunas características que hacen que una situación sea más estresante. Cuando un acontecimiento implica cambio o es novedoso, supone una adaptación para la cual no sabemos si disponemos de recursos suficientes. Cuando es impredecible, es decir, que sabemos que va a ocurrir pero no cuándo, se hace doblemente estresante. Y cuando es incontrolable o así lo percibimos, hace que sea muy estresante.

A nivel biológico, el estrés cotidiano tiene efectos más negativos que los sucesos vitales estresantes, porque no es lo mismo estresarse mucho un solo día que estar menos estresado pero de manera continua. Tiene mayor impacto a largo plazo. Y peor aún es el estrés crónico que tiene lo malo de uno y lo malo de otro, porque se sufre estrés intenso y de manera frecuente. Es devastador.

Y ¿por qué es devastador? Porque el estrés está relacionado con trastornos de sueño, depresión, ansiedad, alteraciones a nivel cerebral, trastornos cardiovasculares, obesidad, empeoramiento del sistema autoinmune, diabetes, aceleración del envejecimiento, dolor crónico… ¿Sigo?

Pero puede que te preguntes ¿por qué ante un mismo estresor algunas personas se estresan y otras no? Pues porque no todas las personas interpretamos las cosas de la misma manera, ni tenemos los mismos recursos, ni vivimos en el mismo contexto… En definitiva, por las diferencias individuales. 

Existen algunos factores que nos protegen ante el estrés y otros que lo facilitan. Tener una red de apoyo social reduce el impacto del estrés, porque consideramos que tenemos más recursos para afrontar la situación y la valoramos como menos estresante. Pero aquellas personas que se sienten solas o que apenas tienen apoyo son mucho más vulnerables. Los hábitos en el comportamiento también modulan la respuesta al estrés. Si duermes bien, comes bien, haces ejercicio, tienes momentos de ocio y desconexión, el estrés no te afecta tanto o lo afrontas mejor. Y evidentemente, conductas de evitación/huída como el consumo de alcohol y drogas empeoran la situación. Las variables personales tienen mucho peso en este asunto. Factores como el optimismo, el sentido del humor, la sociabilidad, la flexibilidad psicológica, la apertura de mente y la autoeficacia son muy positivos ante situaciones estresantes. Por otro lado, la hostilidad, la agresividad, la ambición extrema, la competitividad, la impaciencia, el cinismo, el antagonismo y la incapacidad para identificar y expresar emociones son factores que favorecen la enfermedad. También existe una predisposición biológica que nos hace ser más vulnerables y propensos a padecer ciertas enfermedades como consecuencia del estrés continuado.

Tengo una noticia buena y una mala. La mala es que el estrés no se puede eliminar. No os fiéis de esas guías maravillosas que prometen borrar el estrés de vuestras vidas para siempre. No se puede, y menos mal, porque lo necesitamos para activar nuestro organismo cuando es necesario. La buena noticia es que existen técnicas para manejarlo y reducir sus niveles cuando causa demasiado malestar y el impacto es importante.

Hablamos ahora de estilos de afrontamiento. Algunos pueden estar dirigidos a reducir el impacto emocional causado por el estrés. La aceptación, la minimización, el distanciamiento, la atención selectiva, las comparaciones positivas y la extracción de valores positivos son estrategias de afrontamiento que nos pueden ayudar. No olvidemos que el pensamiento es muy poderoso, y si se alía con el estrés puede ser demoledor. Tener una actitud positiva, prestar atención a lo malo pero también a lo bueno, reconocer y aceptar las emociones, bajar el volumen a la vocecita interior (negativa) y actuar en pos de nuestros valores nos permite afrontar mejor las situaciones estresantes. 

Hay estrategias que están dirigidas a modificar el entorno o al propio sujeto, como buscar otros canales de gratificación, o aprender nuevos recursos o cambiar pautas de conducta.

Pero recuerda, hay situaciones que no puedes cambiar, no dependen de ti, así que solo te queda aguantar el chaparrón. Si pasas el chaparrón con un chubasquero que te proteja un poco pues mejor que mejor.

Este post ha sido largo. Lo sé, y pido disculpas. Pero podría serlo más porque como ya te digo, aunque es un tema muy habitual y poco original, da para mucho. Y aunque nos den la vara con ello, no nos preocupamos del estrés hasta que sufrimos las consecuencias. Y ¿para qué curar si puedes prevenir?

‘Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento’.

Victor Frankl

Si ya sabía yo…

¿Alguna vez has cedido a un plan que no te apetecía mucho? Seguro que sí. Y mientras estabas yendo pensabas cosas como “si es que mira qué día hace tan malo para estar en la calle, me voy a congelar”, o “encima está Fulanito/Menganita, que no hay quien le/la aguante”, o “en ese sitio me han dicho que se come fatal”…

Al volver a casa, efectivamente has pasado mucho frío, Fulanito/Menganita te ha dado la noche y lo que has comido no te ha gustado nada. Qué curioso…

Pero lo cierto es que el universo no está contra ti, no es el karma ni nada parecido. Hoy os hablo del efecto Pigmalión y las profecías autocumplidas. Puede que esto os suene.

Seguramente, si al salir de casa hubieras pensado “bueno, no me apetece nada ir, pero seguro que al final me lo acabo pasando bien”, la cosa cambia y no prestas tanta atención al frío, le haces menos caso a Fulanito/Menganita y hablas con otras personas, y no dejas que la opinión culinaria de tu amigo/amiga influya en tu criterio. 

Las personas actuamos en función de cómo evaluamos nuestro entorno, de cómo lo percibimos, y en función también de nuestros pensamientos. Las profecías autocumplidas son pensamientos productivos que hacen que nos comportemos de manera ajustada a esos pensamientos, representen o no la realidad. Y una vez se ha cumplido la predicción, se convierten en la causa. Por tanto, se genera una expectativa que se termina cumpliendo.

Cabe hablar ahora pues, de esa vocecita interior que se esfuerza mucho y gasta mucha energía en sabotearnos. “No vas a ser capaz”, “Hay mucha competencia, ¿por qué te iban a elegir a ti?”, “No vas a tener tanta suerte, pueden pasar muchas cosas”, “Seguro que algo sale mal”… Sabéis de lo que os hablo ¿verdad? Y cuando esto pasa decimos “¿¿¿VES??? SI YA SABÍA YO…”.

Nuestro pensamiento, la vocecita interna, tiene más poder del que pensamos. No la subestiméis, de ninguna de las maneras. Está claro que no todo depende de uno/a mismo/a, no podemos lograr lo que nos propongamos, a pesar de esos mensajes súper positivos que hay en tazas de desayuno y fundas de móviles. No queridos/as, es muy difícil cantar como Beyoncé y cocinar como mi madre. Pero si fuésemos más autocompasivos/as y nos hablásemos de manera más amable, como si estuviéramos apoyando a un/a amigo/a, las cosas irían mejor. Voy a seguir sin cocinar como mi madre, pero cada vez lo hago mejor, e incluso me atrevo a hacer croquetas sin riesgo de matar a nadie. ¿Entendéis lo que quiero decir? No se consigue todo lo que desees muy fuerte muy fuerte, pero si piensas que puedes conseguirlo, te vas a acercar más que si piensas que no puedes.

Otro día os diré algo más sobre esto, porque puedo seguir escribiendo un montón de cosas más en relación a esto, como el poder del lenguaje y lo mentiroso que es a veces nuestro pensamiento (en serio, no hay que hacerle tanto caso). Pero lo dejo para otro día. Os prometo que es un tema interesante este, y da mucho de sí. La Terapia de Aceptación y Compromiso es muy útil y os contaré mucho sobre ella y las herramientas que utiliza.

Pero seguimos. Os decía que las profecías autocumplidas son esos pensamientos que predicen algo que al final acaba pasando, y esos pensamientos acaban siendo la causa de que tenga lugar esa situación (y que quede claro que no se cumplen porque sí, sino que tú de manera activa te has comportado de determinada manera favoreciendo que esa situación se dé). Pues bien, esto está muy relacionado con el efecto Pigmalión. 

El efecto Pigmalión hace referencia al efecto potencial que tiene la creencia de una persona sobre el rendimiento de otra. El nombre viene de un mito griego, en el cual un escultor llamado Pigmalión se enamora de una estatua que él mismo había esculpido, Galatea, y al final ésta acaba cobrando vida. 

Rosenthal demostró como las expectativas de un investigador influían en el comportamiento de los sujetos estudiados, independientemente del contexto en que la investigación se llevara a cabo. Junto con Jacobson, realiza un experimento en el cual se suministran unas pruebas de capacidades a unos alumnos y se reparten aleatoriamente en dos grupos. 

Sin embargo, a los profesores se les dice que uno de los grupos está formado por alumnos muy inteligentes, y el otro por alumnos que no lo eran tanto. Cuando se vuelven a suministrar las mismas pruebas, aquellos alumnos a los que se había considerado más brillantes obtuvieron mejores resultados que en la prueba anterior, mientras que el otro grupo obtuvo resultados similares. 

Esto quiere decir que las expectativas que tenían los profesores sobre sus alumnos hicieron que se comportaran de manera diferente en ambos grupos, y por tanto esto tuvo su efecto en los resultados de las pruebas. Como he dicho antes, los alumnos fueron repartidos aleatoriamente en cada grupo, así que no había grupo de “buenos” y “menos buenos”. Pero a los profesores no se les dijo eso.

Volvemos a lo de antes. El poder del pensamiento y de las expectativas. Es necesario educar a la mente y hacer menos caso a veces de lo que nuestra cabecita nos dice.

Con esto me despido hoy, 20 de enero, el día más triste del año (o eso dicen…). ¡¡Que tengáis un feliz inicio de semana!!

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Di tu maldita verdad

He visto ocurrir milagros cuando la gente simplemente dice la verdad.

No la verdad “linda”,
no la verdad que busca complacer o reconfortar,
sino la verdad cruda. La verdad salvaje.
La verdad que no conviene,
la verdad tántrica. La “maldita” verdad.

La verdad que tienes miedo de decir,
la horrible verdad acerca de ti mismo/a
que escondes para “proteger” a otros,
para evitar ser “demasiado”,
para evitar ser avergonzado/a o rechazado/a,
para evitar ser visto/a
.

La verdad de tus sentimientos más profundos:
la rabia que has estado disimulando, controlando, que no has permitido ser,
los terrores de los que no quieres hablar,
los impulsos sexuales que has intentado adormecer,
los deseos básicos que no soportas expresar.

Finalmente, las defensas se caen,
y este material “peligroso” emerge desde lo profundo del inconsciente.
No puedes retenerlo más,
la imagen del “buen chico” o la “buena chica” se evapora,
“el perfecto”, el que “ha sabido resolverlo todo”,
el “evolucionado”, todas estas imágenes arden.

Tiemblas, sudas, sientes que vas a vomitar,
piensas que podrías morir al hacerlo,
pero finalmente dices tu maldita verdad,
la verdad de la que estás profundamente avergonzado/a.

No la verdad abstracta, no la verdad “espiritual”,
no una verdad diseñada con palabras buscadas cuidadosamente para prevenir la ofensa,
no una verdad cuidadosamente empaquetada,

sino una verdad desordenada, intensa, desaliñada.
Una verdad sangrienta, apasionada, provocativa, sensual, sin domar ni pintar, mortal.
Una batida, pegajosa verdad que te hace sudar, vulnerable.

La verdad sobre cómo te sientes,
la verdad que permite que otra persona te vea sin esconderte,
la verdad que hace al otro quedarse sin aliento,
la verdad que hace que tu corazón palpite con fuerza.

Esta es la verdad que te hará libre.

He visto depresiones crónicas y ansiedades que habían sido de por vida, disiparse de la noche a la mañana.
He visto como traumas profundamente incrustados se han evaporado,
he visto cómo fibromialgias, migrañas de toda la vida, fatigas crónicas, dolores de espalda insoportables, tensiones corporales, desórdenes del estómago, han desparecido sin nunca más volver.

Por supuesto, los “efectos secundarios” de la verdad no son siempre tan drásticos.
Y no damos un paso hacia nuestra verdad con un resultado en mente.
Pero piensa en la inmensa cantidad de energía que requiere reprimir y silenciar nuestra salvaje naturaleza animal,
reprimir nuestro enojo, nuestras lágrimas, nuestro terror,
sostener una falsa imagen y aparentar estar “bien”.
Piensa en toda la tensión que sostenemos en nuestro cuerpo,
y el daño que ocasiona a nuestro sistema inmune
cuando vivimos con el miedo de “salir a la luz”.

Toma el riesgo de decir tu verdad,
la verdad que tienes miedo de decir,
la verdad que temes que haga que el mundo se acabe.

Encuentra una persona segura, un amigo, un terapeuta, un consejero, o tú mismo/a, y permíteles entrar.
Permíteles sostenerte mientras te quiebras,
permíteles amarte mientras lloras, te enojas, tiemblas de miedo, haces un lío.

Contar tu maldita verdad a alguien podría salvarte la vida, sanarte bien desde lo profundo, y conectarte con la humanidad en formas que nunca has imaginado.

Jeff Foster

En nuestra sociedad, y en nuestra cultura, existen muchos tabúes, la presión social nos empuja a pensar de determinada manera o a esconderte si piensas de otra. Hay cosas que no se nos permiten, están mal vistas. Constantemente estamos ante miles de ojos, y con la llegada de las redes sociales la cosa ha pasado a mayores. Juzgamos y nos juzgan, se señala con el dedo.  No estamos preparados para todo. Y diréis: “no, no, vivimos en un país libre,  con la mente abierta, tolerante, avanzado…bla bla bla”. Aparentemente sí, pero en la práctica todos/as sabemos que no es del todo cierto. Y no lo digo yo. 

Hay más mujeres que hombres que acuden al psicólogo, y no porque estén peor, sino porque ‘los hombres no lloran’. Las mujeres que se quejan de la maternidad o lloran en el postparto son ‘malasmadres’, y no se entiende por qué se ponen así cuando deberían ser muy felices por el nacimiento de sus bebés. Los adolescentes no tienen nada más que hacer que estudiar, no tienen responsabilidades, y sus problemas son de risa. Este o aquella se ha suicidado porque su pareja los ha dejado. Aquí faltan un par de bofetones y se acaba la tontería. En fin, todo esto seguro que lo habéis escuchado. Pero espero que estéis conmigo cuando digo que los estereotipos, el estigma de la salud mental, el sistema patriarcal, y la educación forman todavía un muro. 

Pero el mundo interno es libre. Nadie puede husmear ahí dentro si no tiene llave.  En nuestra madriguera uno/a puede ser quien quiera y como quiera. Pero hay veces que necesitamos dejar salir las cosas, airear la cabeza. Despojarse de experiencias, pensamientos, sensaciones, que causan malestar es liberador. Compartir nuestros eventos privados con alguien es terapéutico.

Y esta es nuestra labor. 

Un/a psicólogo/a es conocedor de bases teóricas que sustentan la práctica, maneja infinidad de técnicas y posee herramientas para ayudarte en tu camino al bienestar. Pero sobre todo, lo que hacemos es sujetar a quien busca nuestra ayuda. Lo sostenemos para que no se rompa, y si se rompe, recogemos sus pedazos para intentar recomponerlo, juntos.

Un/a psicólogo/a acompaña. Es ecuánime y camina a tu lado, nunca por delante. Todo su trabajo está sujeto a un código ético y moral, y siempre respeta tus derechos y conoce sus deberes.

Un/a psicólogo/a es como un sherpa. Es tu guía durante el ascenso, te ayuda y te acompaña, pero no es suyo el éxito de hacer cumbre, puesto que eres tú quien ha llegado hasta el final.

No es necesario estar al borde del abismo para pedir ayuda. Simplemente basta con percibir que algo no va bien, o por lo menos lo bien que nos gustaría. Basta con escucharse a uno/a mismo/a (que no es poco) y darse cuenta de que no puedes con todo, y tampoco es necesario. Parece que en esta sociedad decir que algo te sobrepasa, que no estas bien del todo con algún aspecto de tu vida en particular, que estás perdiendo tu energía…todo esto no parecen ser motivos suficientes para acudir a un/a profesional. Son “pequeñeces” del día a día que uno tiene que “tragarse” y seguir, porque nos pasa a todos/as. 

Pues no amigos/as míos/as. ‘Mal de muchos consuelo de tontos’.

Ir al psicólogo/a no es lujo, es necesidad.

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